Ana Santos

Casetes, BETAs y VHS: la BNE digitaliza tres décadas de cultura audiovisual española


Ana Santos

Ana Santos

Directora de la Biblioteca Nacional de España

Felipe V “posee un gran sentido de la rectitud, un gran fondo de equidad, es muy religioso, tiene un gran miedo al diablo, carece de vicios y no los permite en los que le rodean”. Así era, según el noble francés Louis de Rouvroy, el rey que inauguró la dinastía de los borbones en 1700 en nuestro país. La opinión de su coetáneo no es, sin embargo, compartida por historiadores posteriores que hablan de una personalidad compleja, de tendencia depresiva, adicto al sexo e incluso poco amigo de la higiene, a quien se conoció con los sobrenombres de “el Animoso” y “el Melancólico”, señal de una bipolaridad apuntada por algunos autores. Aquel rey que no quería reinar (aunque sigue siendo el monarca que más tiempo ha ocupado el trono de España), que llegó a dejar que sus uñas de los pies crecieran tanto que le impedían caminar o que sufría alucinaciones en las que pensaba que era una rana, no dejó sin embargo huella únicamente por sus locuras. También llevó a cabo reformas administrativas o educativas, y comenzó el acopio de fondos de la Biblioteca Nacional a través de un privilegio real que él mismo ordenó en 1712 y por el cual los impresores del reino estaban obligados a depositar en la Biblioteca Real (germen de la actual institución) un ejemplar de todos los libros editados.

Han pasado tres siglos desde aquella orden y hoy la Biblioteca Nacional, según afirma en su propia página web, alberga en sus dos edificios (el emblemático del Paseo de Recoletos en Madrid y el de Alcalá de Henares) un total de 32 millones de piezas contando libros, manuscritos, folletos, hojas sueltas, revistas, mapas, archivos audiovisuales, etcétera. Unos fondos de un valor incalculable entre los que se encuentran auténticas joyas como el Códice de Metz, un tratado de cómputo y astrología que data del siglo IX, y que es el manuscrito más antiguo de cuantos conserva la institución.

Para Ana Santos, directora de la Biblioteca Nacional, esta representa “toda la capacidad de creación y pensamiento que hemos sido capaces de genera en nuestro país durante tantos años”. Una memoria y una capacidad que, por la propia condición fungible de los formatos en que están registradas las obras, puede correr el peligro de perderse. De ahí la importancia del proceso de digitalización que la institución comenzó en el año 2009. Gracias a ello los ciudadanos van a poder acceder a todas las obras que estén en dominio público a través de plataformas digitales. Un mundo, como aclara Isabel Bordes, jefa de área de la Biblioteca Digital, que abarca “200.000 títulos y 25 millones de páginas” sólo en cuanto a los fondos escritos. Pero esta digitalización va más allá del papel, puesto que también los audios y los vídeos están siendo tratados para asegurar su preservación. Bordes cree que “el futuro de las colecciones digitales pasa por el presente” y su mayor preocupación es combatir la “obsolescencia programada”, esa peculiar condición de la tecnología que lleva a que sistemas operativos que ya no se utilizan o formatos obsoletos puedan dar al traste con millones de archivos haciendo que desaparezca la información. Una posibilidad que debe ser evitada a toda costa porque, como insiste Santos, las bibliotecas en el futuro deben ser lugares de referencia donde se preserve “esa necesidad de aprendizaje y de búsqueda de respuesta a los grandes interrogantes de la humanidad”.

Edición:  Noelia Núñez | Mikel Aguirrezabalaga
Texto: José L. Álvarez Cedena


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