Monique Lempers

El smartphone de comercio justo pensado para ser irrompible


Hace pocos años, el documental Comprar, tirar, comprar de Cosima Dannoritzer, puso de moda una expresión, obsolescencia programada, que confirmaba la tesis de todas las madres y abuelas del mundo: las cosas, antes, duraban más. La teoría que sostenía y demostraba el documental era que los grandes productores diseñaban y fabricaban sus productos con una fecha de caducidad ya estipulada. En otras palabras, estaban hechos para que se rompieran y resultaran irreparables (o casi, por el precio) en un tiempo determinado, siempre corto. El documental defendía que esta estrategia -argumentada por quienes la impulsan como una necesidad para mantener la movilidad del mercado- ya era práctica habitual hace un siglo, pero sufre un crecimiento exponencial con el despegue de las nuevas tecnologías.

Aunque las cifras de ventas de smartphones han descendido durante el 2016 (la consultora IDC situaba en 343 millones los teléfonos inteligentes vendidos durante el segundo trimestre del año, un 0,3% menos que en el mismo período del año anterior), estos dispositivos siguen siendo renovados cada muy poco tiempo. Según Kantar Worldpanel, en España la media de vida de un smartphone es de 20 meses y medio. Un tiempo relativamente corto si tenemos en cuenta los precios de los aparatos (los de última generación superan fácilmente los 600 euros). Sin embargo, las mayores exigencias de las aplicaciones que utilizamos, las baterías que se agotan por el uso intensivo, y las posibilidades de almacenamiento que siempre terminan por quedarse cortas, llevan a muchos usuarios a cambiar de modelo con frecuencia. Esta renovación constante está siendo ahora cuestionada por motivos económicos, pero también éticos y medioambientales. Desde algunos foros se lanza la pregunta de si es realmente necesario este consumo imparable y se ofrecen alternativas al mismo.

Una de ellas -tal vez la más popular- es la que impulsa Fairphone, quienes aseguran haber diseñado el primer “teléfono inteligente justo”. El adjetivo que le da nombre está justificado, según sus creadores, porque su idea es generar un impacto positivo en la manera de fabricar, usar y reciclar el teléfono. Para ello, en Fairphone aseguran que todos los minerales y metales utilizados en la fabricación de sus smartphones provienen de minas “libres de conflictos”, es decir que su extracción no sirve para financiar guerrillas ni grupos armados ilegales (una afirmación tal vez excesivamente optimista dada la convulsa realidad africana, lugar de donde provienen las materias primas). La gran diferencia de los Fairphones respecto al resto de dispositivos es su condición de teléfono modular: todas las piezas (cámara, auriculares, pantalla, etcétera) pueden ser desmontadas por el usuario y reparadas o actualizadas. El resultado es la ampliación de la vida útil del smartphone hasta los cinco años. Y, por último, desde Fairphone aseguran que también controlan y regulan que el reciclaje de sus aparatos sea realizado de forma respetuosa con el medio ambiente.

En el pasado Mobile World Congress de Barcelona, Fairphone anunció que se encuentra en vías de cerrar acuerdos con operadoras e instituciones para distribuir sus terminales (hasta ahora solo podían adquirirse a través de su web). Hasta la fecha la compañía ha conseguido vender más de 125.000 teléfonos, una cifra que puede parecer pequeña frente a los gigantes mundiales, pero que anima a los responsables de la compañía a continuar con el proyecto. Y, aunque Tessa Wernink, una de las fundadoras, reconocía en una entrevista reciente que en la actualidad era “imposible garantizar la fabricación de un teléfono 100% justo”, el suyo puede ser un ejemplo inspirador. Tanto, como para que la BBC se preguntara en un artículo: “¿Puede un smartphone ético cambiar el mundo?”.

TRANSCRIPCIÓN

Edición: Azahara Mígel | Georghe Cirja
Texto: José L. Álvarez Cedena


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