Familias Conectadas

El día que enseñé a mi abuelo a bucear y caminar por la Luna


“El problema de nuestros tiempos, escribió Paul Valéry, es que el futuro ya no es lo que era”. El poeta francés, uno de los más relevantes en su lengua de la primera mitad del siglo XX, hacía referencia con esta paradoja a la diferencia que existe entre la realidad que vivimos y lo que habíamos imaginado sobre el porvenir que nos esperaba. Efectivamente, hemos pasado tanto tiempo pensando en el futuro, dibujándolo, escribiéndolo, filmándolo, inventándolo incluso, que ahora que ya ha llegado parece que nos pilla de sorpresa. Hay un cierto desajuste entre lo que la ciencia ficción anticipó y lo que tenemos ante nuestras narices… aunque ese desfase sea muchas veces únicamente estético. Por decirlo de otra forma: hemos visto tantas veces Terminator, que parece que estuviéramos más preparados para afrontar la rebelión de unas máquinas inteligentes que todavía ni se vislumbran, que para normalizar la utilización de asistentes virtuales en nuestros smartphones.

Así las cosas lo cotidiano se queda a un lado en el análisis de las nuevas tecnologías. Por pequeño o por obvio nadie parece interesarse en las cuestiones del día a día. Crecen los estudios sobre el impacto económico de la robotización de la producción, sobre las posibilidades médicas de la impresión en 3D o sobre la racionalización del tráfico con coches inteligentes, por mencionar solo unos pocos ejemplos. Pero… ¿qué pasa en el interior de los hogares con la llegada de las nuevas tecnologías? ¿Se modificarán los roles familiares? ¿Cómo mejorará este mundo híperconectado a las relaciones entre padres e hijos? ¿Qué ocurre con la brecha generacional entre los nativos digitales y quienes se quedarían fuera por temor a la tecnología debido a su avanzada edad?

Con la serie Familias Conectadas nos hemos hecho todas esas y otras preguntas. Queremos saber qué pasa cuando la tecnología se integra en el hogar. Investigar quién enseña a quién. Cómo afecta al ritmo de estudios, al ocio, al trabajo a distancia, a la cultura… Pero sobre todo cómo modifica las relaciones humanas y qué hacer para que conseguir una interacción natural entre todos los miembros de la familia y las máquinas. Para contradecir a Valéry, hemos ideado un laboratorio tecnológico en el que experimentar el futuro. Un futuro que será apasionante en la medida en la que lo digital y lo tecnológico integre lo humano.

En esta primera entrega hemos juntado abuelos que jamás han tenido contacto con la realidad virtual con sus nietos, habituados a la utilización de las nuevas tecnologías. Gracias a ellos, a la generosidad y valentía de los mayores pero también a las risas y la paciencia de los pequeños, hemos podido comprobar que nunca es tarde para viajar a la Luna o para nadar por primera vez entre ballenas incluso si se tiene miedo al agua. Y hemos demostrado dos cosas: la primera, que la realidad virtual es un elemento de diversión inigualable y una excelente herramienta de aprendizaje (fácil de utilizar, de rápida adopción y en la que predomina la experiencia frente a lo teórico); y la segunda que si tienes a tu lado alguien en quien confías no hay nada demasiado nuevo que no seas capaz de probar.

Texto: José L. Álvarez Cedena


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