Phillip Robertson y August Bering

La batería invisible que cabe en un bolsillo


La peor pesadilla de un padre cuando intenta que sus hijos den los primeros pasos en el mundo de la música es que, cuando llegue el momento de iniciarse en el aprendizaje de un instrumento, uno de ellos elija la batería. Ni el elegante violín, ni la delicada flauta, ni el señorial contrabajo. Por tamaño, la batería puede competir con el piano. Por ruido, juega en la liga de los petardos valencianos. A esto se le añade la mala prensa que persigue a los bateristas: su fama de perfeccionistas enfermizos garantiza muchas horas de golpes de bombo y platillos. Ni que decir tiene que si el niño sale rockero -el jazz tampoco es manco- el horror puede instalarse en el edificio entero. Y es que no es lo mismo tener como héroe juvenil a Ara Malikian que a Keith Moon. El primero es reconocido por su virtuosismo, el segundo por estar considerado uno de los mejores bateristas de la historia… y por haberse granjeado durante sus años en The Who una merecida fama de salvaje (con comportamientos como arrojar el mobilario por la ventana, lanzarse con un coche a la piscina o hacer volar por los aires con dinamita los cuartos de baño de los hoteles donde se alojaba la banda).

Pero si la niña o el niño eligen la batería, no es plan de coartar la creatividad infantil. Eso fue lo que debió pensar August Bering cuando su hijo de 10 años le dijo que quería aprender a tocar el dichoso instrumento: “Trajimos la vieja batería del abuelo a casa para que practicara. Cuando conseguimos montarla, ocupaba la mitad de su habitación. Y era tan ruidosa como yo recordaba de mis años en una banda de rock de garaje en los 90. Además, no teníamos garaje. Bueno, siendo un padre con recursos y también músico, me puse a buscar alternativas. Por supuesto, estaban las baterías electrónicas, pero son igual de voluminosas y también hacen ruido. Así que pensé que era la oportunidad de crear la batería más cool del mundo. Le robé las baquetas a mi hijo y empecé a fabricar algo…”. Dicen que las mejores ideas nacen de la necesidad, aunque sea de la necesidad de tener algo de paz en casa, y en este caso lo que surgió fue Freedrum, un kit de sensores con giroscopios que, instalados en las baquetas, se convierten en una batería virtual que cabe en el bolsillo y completamente silenciosa. Gracias a Freedrum es posible practicar en la calle, en el metro (si no se tiene pudor a las miradas ajenas) o en casa (sin reventarle la siesta a los vecinos). Los sensores se conectan a través de bluetooth con el teléfono móvil para que el músico pueda escuchar lo que está interpretando a través de los auriculares.

El proyecto ha sido financiado a través de Kickstarter, donde supero con creces los 150.000 dólares planteados inicialmente para implementar la idea (ya llevan más de 600.000) y los comentarios de los bateristas que lo han probado son alentadores. Así que ya no hay excusas para no iniciarse en la práctica de la batería o prohibir al niño que aprenda por limitaciones de espacio (o temor al ruido). Lo de evitar que le coja cariño a los petardos, será otra cuestión…

TRANSCRIPCIÓN

Edición: Azahara Mígel | Douglas Belisario
Texto: José L. Álvarez Cedena


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